08 octubre 2007




EVOCANDO A DANIEL ALOMIA ROBLES Y "EL CONDOR PASA"

Llovía impetuosamente el día que partía cuando por última vez visité Huánuco. Como un presagio la noche quieta y diáfana del día anterior me había instigado a recorrer silenciosamente algunos jirones, pasajes, esquinas, plazas, el malecón y la alameda, y me permitió contemplar con gran fruición el ensueño pausado y sincopado de la ciudad, su dormitar de viejo cachorro que observé con la melancolía de quien se sabe volverá a ser solitario. En la Catedral, a la cual ingresé pocas veces a lo largo de mis años, un grupo de niños vocalizaban el Offertorium “Reges Tharsis” -un monódico pero sendo canto gregoriano-, un himno de voces que me hizo evocar al gran maestro don Daniel Alomía Robles, que cuando niño, integrara también el coro de la catedral de Huánuco. Por esos días conversaba con un grupo de amigos acerca de la importancia de este creador y genio, cuyo importante legado de compositor y recopilador musical contiene conceptos innovadores de música y está dedicada a fortalecer nuestra identidad cultural. El corpus de su obra, que poco se difunde, ha escrutado profusamente la tradición musical incaica y los aires rítmicos que permitieron el desarrollo del folclore nacional. A manera de homenaje, trataré de recopilar en este post, una serie de datos desperdigados de uno de los mayores y notables músicos que mucho hizo por la cultura de nuestro país y de manera perseverante.

Viajero incansable desde los 15 años, (nació en Huánuco en 1871) recorre el Perú desplazándose por los más anfractuosos paisajes de la serranía, recopilando en su periplo, coplas, letrillas, poesía y música que se transmitían de generación en generación, compilando esas melodías ancestrales -que se hubiesen perdido de no mediar su intervención-, y atesorando instrumentos musicales y ceramios alusivos del quehacer musical de las antiguas culturas peruanas. Afincado en Lima desde los 13 años, a instancias de su madre, doña Micaela Robles, en 1887, en plena adolescencia, conoce al maestro Manuel de la Cruz Panizo, un negro liberto, maestro de música sacra de varios conventos y monasterios de Lima, quien lo instruye en el solfeo y en el canto coral. Tiempo después, Panizo lo contactaría con el compositor italiano Claudio Rebagliati, radicado en el Perú, para que prosiga sus estudios de piano, armonía y composición.

De manera paralela a su formación instrumental, por curiosidad científica concurre como alumno a la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Marcos entre 1892 y 1894, e inicia en 1895 una exhaustiva labor de investigación de la música peruana que será la substancial dedicación de su vida, salvaguardando del olvido -gracias a sus conocimientos de algunas lenguas nativas- ritmos y melodías tradicionales, además de leyendas y mitos del período de la colonia y de la época de los incas.
Infatigable compositor de honda raigambre andina, sus conceptos musicales diferirán radicalmente del academismo imperante en la época. Fue, sin lugar a dudas, el primer compositor peruano y, tal vez, latinoamericano, que basó su trabajo de constructor musical en la investigación y estudio constante de los materiales sonoros nativos, específicamente andinos, es decir aquellos que definen como afirmara don Manuel González Prada, "...el verdadero Perú... la nación formada por la muchedumbre de indios diseminados en la Cordillera".

Su trabajo creativo encontró en los géneros populares, en la canción y en las breves piezas pianísticas, efectivos canales de expresión mezclados en sencillas y espontáneas estructuras formales. Obviamente, en sus trabajos más elaborados: obras de cámara, sinfónicas y dramáticas, no pretendió alcanzar las complejidades, deleites estilísticos, variaciones académicas o tratamientos convencionales de las concepciones y tendencias europeas, sino más bien forjar magníficos testimonios de una fidedigna búsqueda de dicción musical peruana.
Si, aparentemente, sus méritos de recopilador opacaron su indiscutible genio creador, es necesario establecer que su labor de musicólogo únicamente constituye un sólido complemento y fuente de inspiración para la del compositor. Alomía Robles no sólo nos ha legado una estupenda colección de melodías nativas sino ha logrado, como compositor -lo trascendente en él- una propuesta espléndida, pura y espontánea en el manejo de los materiales sonoros andinos, propuesta visionariamente ligada al quehacer del músico peruano del mundo contemporáneo.

De su obra, que consta de 696 piezas folklóricas, 140 composiciones (zarzuelas, óperas, y creaciones musicales disímiles) y entre 60 a 70 poemas quechuas traducidas al español, se destaca por su difusión, por sus cientos de versiones, por haber y seguir siendo ejecutada miles de veces por intérpretes y grupos de muchos países, la melodía de El Condor Pasa, fragmento de una zarzuela que compuso en 1913, en cuyas letras -escrita por Julio de la Paz- se plasma una desgarradora denuncia social, aspecto mayoritariamente ignorado
[1]. El argumento teatral que trataré de resumir –de Julio Baudoin, seudónimo de Julio de La Paz- transcurre en la región minera de Cerro de Pasco, en los Andes centrales peruanos a principios del 900. En la mina de Yapac se enfrentan déspotas y esclavos. Un joven rebelde trabaja con un grupo de mineros; es Frank, hijo de María y, aparentemente, de Higinio, con quien discute sobre el supuesto “destino” al cual tienen que obedecer sin alternativas. Su “destino”, mas allá de haber nacido “indio rubio” –jachacholo- es liberarse del yugo impuesto por sus señores, que desde el momento mismo de la obtención de las minas adquieren también, junto con el predio, a los habitantes del lugar, como si fuesen cosas accesorias; “Como bestias nos tratan”, se queja Frank; pero, la actitud de Higinio es la de justificar las relaciones de explotación, ya que con ellos al menos comen, dice, y le aconseja resignarse. Mucho después, cuando Frank se entera que, la mina en la cual se deshacen y desfallecen fuera descubierta por Higinio, -y que desde aquel entonces el ultimo cóndor que por ahí pasaba voló sobre sus chozas para luego perderse en las alturas y no reaparecer-, Mister King –uno de los dueños de la mina-odiado por los trabajadores, muere aplastado por una inmensa piedra que le arroja Higinio, al cerciorarse este de que el verdadero padre de Frank no es él, sino Mister King. Pero inmediatamente surge Mr. Cup, su socio, quien hiere a Frank. El muchacho se defiende y mata a su agresor. En la escena final un cóndor pasa majestuoso, y ante esta visión, los mineros disipan sus temores ante la incertidumbre del “que hacer ahora”. “Amparémonos en sus alas –dice Frank- el también se va libre de los rubios y quiere reinar en nuestro cielo (…) sintámonos cóndores, seamos como él en la inmensidad de la tierra”. El cóndor se pasea en el escenario teatral acompañado por la melodía que ya todos conocemos y que ya se había escuchado anteriormente en el pasacalle de la fiesta campesina; pasa el cóndor, vuela en el cielo como un símbolo andino de libertad… Este planteamiento argumental desarrollado en la zarzuela, la puja entre explotadores y explotados, era una novedad estrepitosa en el teatro, si bien había sido ya tratado en las novelas románticas de Narciso Aréstegui ("El padre Horán”), Mercedes Cabello de Carbonera (“Blanca Sol” y “El conspirador”) y Clorinda Matto de Turner (“Aves sin nido”), pero en 1913 y bajo la presidencia del magnate Guillermo Enrique Billinghurst Angulo, fue de un impacto fulminante. En el teatro Mazzi se lo representó dos mil veces a lo largo de cinco años. De los ocho fragmentos musicales, el que más éxito tuvo es la cashua, que se sigue tocando hasta el presente en muchos países del mundo, siendo un 'hit' entonado en idiomas muy diversos. Hacia 1965 Paul Simon le puso letra a esa melodía final y fue grabada como obra suya por el dúo Simon & Garfunkel, sin siquiera mencionarse a Daniel Alomía Robles. Al año siguiente, la familia del músico entabló una acción judicial y las cosas se pusieron en su lugar: Alomía Robles autor de la música y Simon de la letra. No obstante las “letras” de Paul Simon nunca serían consentidas ni cantadas –vaya uno a saber por que- por ningún grupo andino…

Escuchar "El Condor Pasa"; la melodía oída por nosotros alguna vez, una suerte de himno cuyos fragmentos instrumentales constan de tres partes: Yaravi, Pasacalle o "Fox" Incaico y Fuga de Huayno; es como abrir un atlas para calmar nostalgias añejas parapetadas en los atardeceres, es como librarse de la ausencia y de la dulce zozobra de un quejido diluido en la médula roída de un café mustio… ¿ustedes saben lo que significa extrañar una ciudad escuchando mentalmente las cashuas
[2] del gran Daniel? Cuando ello ocurre, en mí, Huánuco es un disco figurado del preeminente Daniel Alomía, un disco que busco insistentemente, remasterizado o digitalizado en los estantes de las disqueras... aunque el lugar donde debiera estar alineado alfabéticamente, siempre esta vacío, sin referencias, desierto; ante esa contrariedad –como un lenitivo- la memoria y la sensibilidad hacen que eclosionen en mi nariz unas ligeras fragancias de retamas, ficus, cantutas y eucaliptos… Camino, camino mucho y desconcertado, tratando de encontrarlo, mas allá de que la pesquisa sea por ahora inútil; pero es mejor así, ya que mantengo viva la ilusión de escuchar generosa y enriquecida música, como también la esperanza de regresar siempre a Huanuco, para perderme en sus ancestrales usanzas, en ese su otro estilo y disfrute calmo de la vida, en su otra visión de lo festivo, en el color atávico de sus costumbres, en esa ciudad que dormita como viejo cachorro en el centro y en lo profundo de nuestro rememorado terruño.

(Por RICHARD LEANDRO COZ, lector de “Trilce”. Devoto de Esteban Pavletich. Huanuqueño. )

[1] Para entender hasta qué punto utilizaba Alomía Robles el folklore peruano, debemos decir que la apertura de la melodía de esta cashua es un canto de amor de Jauja, cuyo texto en quechua dice: “Huk urpichatam uywakarkani” y fue publicada en el célebre libro “La música de los incas”, de los esposos D'Harcourt en el ejemplo musical N. 47, p.303, editado en París en 1925, doce años después del estreno de la zarzuela en Lima. Los tres primeros compases de la canción jaujina son idénticos, pero luego la melodía cambia totalmente. Por ello, no se puede decir que no haya auténtica creación, como variación de un tema popular, por parte de Alomía Robles… Gracias a la iniciativa de este compositor esta melodía se da a conocer y se difunde más allá de las fronteras del Perú, al punto de que otros países hermanos, infundadamente, trataron de adjudicarse su dominio en virtud de dizque cierta heredad precolombina, cuando no es así. Es peruana de cabo a rabo.

[2] La cashua, es una danza donde un corro de hombres y mujeres asidos de la mano, bailan desplazándose lenta y suavemente ejecutando un zapateo suave y elegante. Esta danza sólo se realizaba y consumaba en las grandes fiestas; contiene ritmos instrumentales donde fulgura la quena escoltada con instrumentos de percusión. El ttacteo, del verbo quechua ttactani, (patear) es un floreo vivaz insertado a menudo en la cashua, ya que consiste en un rápido y breve golpeteo de los pies sobre el suelo, sin cambiar de lugar. Es una danza de mucha gracia que exige una gran habilidad de los ejecutantes que bailan separadamente y que cada tanto se sujetan de las manos. En el incario, la música, el canto y la danza en conjunto recibían el nombre genérico de taqui, palabra que estrictamente, significa canto. Allí se conjugaban sonidos, cadencias, literatura y plasticidad corporal. Había infinidad de danzas, todas las cuales siempre estaban relacionadas con las fiestas rituales y agropecuarias En los documentos más antiguos y fidedignos de reputados cronistas de la época de la colonia, se mencionaban el jarawi, el huayno o huayño, la llamaya (danza pastoril); el harahuayo (danza de agricultores); la cashua o cachua (danza de alegría y galanteo); el haylli arahui (taqui de victoria guerrera), el tatash (danza agrícola), el auca (danza campestre), entre otros.

05 octubre 2007



Por hoy, “Huánuco está de moda” (Eslogan cojudísimo ideado por Koko Giles)

Acabo de leer con estupor, unas declaraciones de Koko Giles –Alcalde de Huánuco-, recogidas por uno de los más sensacionalistas e indigeribles diarios publicados en el Perú: “El Correo”, tirada regional ajustada a los avatares noticiosos de Huánuco. Este iluminado visionario, un ídolo de barro –y de barrio- que algunos fervorosos salseros recuerdan porque en los perdidos y sangrientos años ochenta sintonizaban “Radio Mar”, se aventuró a decir , al ser cuestionado por insertar su nombre en unos afiches destinados para difundir una actividad socio-religiosa, lo siguiente: “mi nombre genera turismo, porque Koko Giles, es una persona distinguida y conocida a nivel nacional, porque quieran o no quieran yo le he dado un nombre a Huánuco, porque soy huanuqueño y nadie me lo va quitar eso…” … ¿Qué cosa? ¿Qué? ¡Ah! Caramba. Oye, Koko, disculpa ah! Ahora resulta que tú eres más que Kotosh, las Manos Cruzadas, Shillacoto, Quicacan, Vichaycoto, Huánuco Pampa, Piruro y Garu, más que todos esos ruinosos cascajos y guijarros juntos, por decir lo menos. Ahora resulta que antes de Koko, (A.K) nuestra ciudad no tenía nombre, vivía en las tinieblas, y tuvo que venir –por obra y gracia del azar y de todos los dioses- nuestro Adán andino, Koko Giles, para darnos un nombre. O sea, el es más que todos los que poblamos y poblaron Huánuco, ya que desde su “modesta” perspectiva, nadie antes de su nacimiento, pudo darle a Huánuco algún tipo de nombradía o referencia historico-social, nadie, ya que para él -infiero- la Perricholi bien pudo haber sido su mucama, Amarilis su cocinera, Daniel Alomía Robles su pongo, Leoncio Prado su guachimán, Miguel Guerra y Fernando Fernández Flores sus bufones, Samuel Cardich y Andres Cloud sus mayordomos, y, el cholo Aparicio Pomares -si es que existió-junto con los indios Illatopa y Guaman Poma sus guardaespaldas. Pucha, es el acabose. El es el petimetre mayor. El los eclipsa a todos. Gracias Koko, los huanuqueños tendríamos que postrarnos ante ti como mínimo y erigirte como señal de pleitesía unos cien monumentos de oro bruñido. Gracias Kokito, tu eres el ungido que esperábamos. Gracias. Gracias compadre, por expeler arrogancia y majaderías imperdonables, gracias oye, por al menos decir lo que dices, pretendiendo justificar tu obcecado afán de figurar en cuanta inauguración de obras, actos oficiales, shows mediáticos, circos publicitarios o polladas bailables que se realizan u organizan en Huánuco…

Dejando de lado la ironía, lo que dijiste es un malcriado agravio para todos los que tuvimos el hado de nacer en lo que fuera el señorío de los yarowilkas. Tratar de justificar la caprichosa inclusión propagandística de tu nombre en unos afiches financiados por la Municipalidad de Huánuco para cumplir con la tarea de difundir la “Procesión del Señor de Burgos” con un argumento arropado por cegueras y mezquindades, es una tarea de bobos. Lo que te pedimos, Jesús Giles Alipàzaga, es una pizca de prudencia y un descuento, una rebaja a tu carísima pose de vedete achorada de los bajos fondos; los huanuqueños te elegimos para que te desempeñes como Alcalde y te pagamos un sueldo, un buen fajo de billetes, para que te dediques a administrar los destinos de la ciudad, para que gestiones y logres –si puedes- conseguir los suficientes recursos e inversiones para al menos tratar de cumplir y hacer carne tus promesas de campaña política; es hora de que te lo recordemos y te lo cobremos; una promesa no debe ser olvidada, una promesa se paga o se cumple, y se lo digo al estilo compadrón, para que lo entienda. Por ejemplo que al menos trate de eliminar la corrupción -peco de ingenuo-, es lo que nos prometiste; que cuando concluyas tu mandato nos entregues el nuevo estadio –chilanquito, oye- y el maravilloso mercado nuevo -con varios niveles- que nos dijo iba a legar para la ciudad; queremos que cuando parta nos entregue el final de obra del drenaje pluvial que nos ofreció, y claro, no está de más, pedirle mientras sea nuestro burgomaestre, que genere –no sé cómo- más puestos de trabajo en el sector privado, y contratos en el sector gubernamental cubiertos por concursos públicos que dijo iba a convocar apenas asumiera el rol, para rodearse de gente capaz. Pero nada de ello ha ocurrido todavía o quizá nunca suceda, como ya es habitual, y quizá también nada esperamos porque ya estamos acostumbrados a que nos mientan y nos roben la ilusión con su pellizco de esperanza más. Quizá ya estemos curtidos de tantas mentiras y arbitrariedades juntas. Nos toman siempre de cojudos… Al margen de esos lamentos, lo que no queremos Koko, es observar y escuchar algunas de tus pataletas, berrinches o caprichos, generando escenas creadas para los urracos de Magaly y no precisamente hechos políticos que puedan ser memorables… Koko, reitero, aunque no te haya votado, te elegimos para que trabajes por la ciudad, para que la administres de manera eficiente, tomando medidas oportunas y necesarias, y no para tenerte de hazmerreír ambulante o enfermizo miserable con sed de autobombo. Que Koko Giles, el patita de civil y sin cargos, disponga de su peculio personal como se le venga en gana, si quieres despilfárralo–y con ayuda- en la noche descafeinada de alguno de los casinos de mala muerte que pululan como sarna en nuestra ciudad; pero el Giles Alipazaga, la autoridad y jefe de gobierno de la ciudad, no use los dineros del erario municipal para antojos burdos y mezquinos, sino que lo administre de forma responsable buscando alcanzar un fin favorable para Huánuco al cual todos queremos, a pesar de su pobreza y abandono.

Antes de concluir, quiero señalar que, leyendo su parrafada, algo de razón tiene Giles en lo que respecta a su oficio de locutor y su huachafísimo porte de showman radial; lean lo que dice –y en tercera persona- este consagrado maestro de la soberbia: “Koko Giles, ha batido el récord en toda la historia del Perú, en lo que se llama el ranking; búsquenlo, averígüenlo, humildemente somos pioneros de la frecuencia modulada y de la televisión, en el horario de la mañana”… ¡¡¡Asu máquina, a wascha o’e!!! Aprendan mongos… En fin, pero algo de razón tiene, aún desbocado y vanidoso como en sus épocas de oro, ya que sus éxitos en la radio y en el mundo tropical son inobjetables; pero de ahí a decir que su “nombre genera turismo”, que es “una persona distinguida” -¿No será un prohombre o un cuasi dios en alguna historieta o tira cómica de Huánuco? ¿Oe, en qué canal lo pasan, ah?-, y que le ha “dado un nombre a Huánuco”, que… ¡Que no fastidie! Que un médico o un chaman domaíno le recete un poco de modestia y algo de decoro político. Quién sabe –pronunciarlo por favor, al estilo de Jorgito del Castillo-, quien sabe, tal vez alguna de sus admiradoras o todas, le hicieron una ablación de humildad, amputandole tambien la sencillez… Chau Koko. Chau, pero antes escucha, escucha a la gente de la ciudad. ¡Escucha Koko: Tus declaraciones son una soberana y tremebunda estupidez!...

29 setiembre 2007


Impresiones tras la lectura de un poema de Jaimes Garay

Hace algunos años, el año 1996 exactamente, el poeta Marco Martos publicó su “Leve Reino”, libro en el cual reunió su opus poético escrito desde el año 1965 al 1996. En una de sus páginas puede leerse un balbuceo mostrenco –no sé si es poema, anti poema, broma literaria, o patinada atroz- llamado “El poema de Sancho”, que a grandes rasgos y en cuatro líneas -si mi memoria no me traiciona, como Alan García a sus promesas electorales- reza más o menos así: “Brinca la tablita /que yo ya brinqué, /Brinca tu ahora / que yo me cansé…” Justo es reconocer que Marco Martos tiene muchos poemas memorables, además de varios cuentos que merecen no figurar en ninguna antología literaria; pero, al margen de sus virtudes, quiero rendir un homenaje a esta sima poética de Martos, escribiendo unas cursísimas estrofillas a continuación, remedando algunos trazos plasmados por -según él y sus socios del dizque Movimiento Literario Pillko- el ilustrísimo, brillantísimo, destacadísimo y magnánimo docente huamaliano llamado Jhon Isauro Jaimes Garay.
Ya que Isauro se anima a publicar lo suyo, me dije: ¿Por qué no publicar mi bodrio que demandó pocos minutos hacerlo, mi lábil mejunje de chingana que no necesitó iluminación de las musas, ni un trance especial -producido por unos tragos de san pedros o ayahuasca- ni mucho menos la lira del espíritu santo? Total, ¿qué pierdo, la vergüenza? -Pero si hay muchos desvergonzados que se alucinan poetas o dicen tener un don especial cuando en realidad lo que tienen es un caradurismo a prueba de bombas y un tufo monumental de majaderos desfachatados-. No soy poeta, no pierdo nada, aporto más bien con un chascarrillo a la historieta ultra marginal de la literatura, y ¡zas! –a lo Chavo- Se acabó y punto (como las letras del valse, pero dedicado a los poetastros) Claro. ¿Porque no?, me dije, y ¡zacate!
Nótese que en este cachivache poetastril hay palabras como anticucho, prestiños y folganzas; me excuso, reitero, no soy poeta; se que esta trastada es un Frankenstein anti-literario, pero bueno, que diablos, son estrofitas cándidas y mamonas que servirán como pasto para avivar el fuego del olvido; lo que espero es que no se apague en el intento –por las dudas, preparen kerosene-:

Anhelo poseer los cielos
para devastar sus soles
y transmutar en albas
sus cascajos y cenizas;

Y de las albas
erigir corazones o prestiños de mirtos
henchidos de voces
que te recuerden
a cada instante
Ciudad,
porque eres mi sol y mi luz
cuando vuelvo.

Tan pulcra y prístina, como las nacientes
del extenuado Huallaga,
en el yermo de mi tumba
añoro tus bálsamos
tu nez y nuestras folganzas,
tus áureos pies y tus vencidos responsos
bajo los adioses sin olvido…

Sin los crepúsculos de noviembre,
bajo el puente de una ciudad moribunda
allí, sin dientes, un cadáver quedó
como carcasa
renuente de soles y universos,

no pudo ser
ni alba, ni anticucho, ni corazón
porque llegó tarde como estas saudades
a su catacumba en llamas…

¡Oh! Dolor de la calma,
la Ciudad ya no es su sol ni su luz
es solo polvo, polvo y guijarros!
¡Oh! Dolor que desalma….

Quizá hubiese sido mejor “dolor que desangra”, pero –según me aconsejaron unos ebrísimos rapsodas del grupo irónico-antiliterario “Huallayco Vida”- peca por redundante y hastiada; a este sancochado, a este refrito lo voy a rotular “En el Día de los Muertos”; es un homenaje ramplón que brindo a Marco Martos, homenaje que se me ocurrió rendirle después de leer los “poemas sociales” (léase de manera cachacienta –con una sonrisa híper cachosa-) de Isauro, homenaje que le rindo de puro antojadizo y cabrón nomas (léase teniendo presente la primera acepción del término cabrón). Espero aportes y vuestras críticas acidas, urticantes, viperinas y sin miramientos, como un familiar de luto espera la autopsia de su deudo en la morgue. Café para todos, yo invito, y que algún devaluado dios lo pague.

28 setiembre 2007




El Shincal,
Ciudad Inmortal del Imperio Incaico
[1]


Llegar a Belén de noche es una suerte y una desgracia. Desgracia porque nos perdemos la contemplación primera del desierto, la llanura inmensurable y el viento. Una suerte, porque avanzamos en la oscuridad desentendidos de los rigores de los crudos inviernos y los sofocantes veranos para llegar a una ciudad toda verde, llena de vida y caras sonrientes.
Esperando descubrir el secreto de la ciudad inmortal, la fundada cinco veces, la Londres de Catamarca, me encontré una noche lluviosa munido de una carpa y un mapa en el centro mismo de Belén, una ciudad vecina. Entonces tuve el primer contacto con aquella cultura, descendiente directa de los bravos calchaquíes. De aquellos grupos de guerreros se recuerda su valor, su espíritu de lucha, sus grandes caciques: Juan Chelemin, Juan de Calchaquí y Pedro Chumay, quienes encabezaron un alzamiento, quizás el más importante y prolongado de que se tenga cuenta. Expulsando a los invasores de la ciudad de Londres en el año 1630, la resistencia los mantiene alejados por tres años, sucumbiendo luego ante el poder de fuego español, mucho mayor y moderno. Los grandes caciques fueron desmembrados y expuestos para escarmiento.
Todos estos recuerdos fluían en mi mente cuando conocí por vez primera la calidez de los habitantes de la zona, mi pobre carpa de mochilero jamás salió de su saco, espontáneamente recibí invitaciones para alojarme en casas particulares de gente que luego sirvió de guía en mis recorridos.
La ciudad de Londres recibe su nombre como fruto de un homenaje que le rinde el fundador a las nupcias de Felipe II con María Tudor en 1558. Pensada como un eje entre Santiago del Estero y Chile, Juan Pérez de Zurita funda, cuando no, una ciudad ya existente.
Fue en 1470 cuando da inicio en el lugar la construcción de la capital incaica que formaba parte de la avanzada del Imperio del Tawantinsuyo en territorio calchaquí. De arquitectura semejante a otras existentes en el Cusco, El Shincal toma su nombre de los Shinqui, especie de arbusto de la zona.
Muchos datos cargaba en mi imaginario pero aun faltaba el contacto real con las ruinas. Luego de una breve caminata por calles de tierra y arena, plagada de flores silvestres encontramos el rastro del antiguo centro administrativo. Entonces todo cuanto sabía quedo olvidado, la sorpresa, la fascinación, todo era poco ante el espectáculo de las ruinas del Shincal.
Dos morros o colinas de unos 25 metros de alto, elevados de su altura natural artificialmente custodian el centro cívico. Frente a lo que fuera la plaza de armas, el morro principal con una escalinata de más de cien peldaños nos conecta con una plataforma dedicada seguramente al culto de Inti.
Un acueducto de tres kilómetros de longitud acercaba las aguas del río Quimivil, los almacenes acopiaban los frutos de la zona y en el centro de la ciudad, el Ushnu, o trono, el más grande al sur del Cusco y residencia del Curaca o gobernador, que allí sentado presidía ferias, desfiles militares y recuas de llamas cargadas de metales rumbo a la capital del Imperio.
Centro administrativo y de culto, espacio de redistribución de bienes, capital de una provincia del imperio, El Shincal brillo por 60 años. Nacido del movimiento expansivo que propicia el Inca Pachacútec, es Tupác Inka Yupanqui quien en 1471 domina a los diaguitas y calchaquíes, organizando la explotación de las minas de oro, plata, cobre y estaño, a tan solo una jornada de El Shincal.
Es allí donde Zurita funda Londres, de allí lo corre el levantamiento de Juan Chelemín en 1636, obligando a una nueva fundación de Londres.
La gesta de Chelemín duro tres años. Desde entonces y hasta su descubrimiento en 1901 el silencio, el monte de shinquis y el olvido fue todo lo que quedó del antiguo esplendor. El recorrido casi fantástico por las ruinas nos obliga a pensar en la también casi fantástica caída del Incario, vasto y poderoso imperio.
Es fácil confundirse ante estas cuestiones. Pero con solo caminar por las calles de Londres y Belén actuales podemos encontrar un poco de luz en estas cavilaciones. La gente, que día a día afronta el recio sol con sus rostros cobrizos, con sus usutas de factura casera nos señala algunas respuestas. Nos susurra la memoria viva de las antiguas glorias y el orgullo y la esperanza del presente.




[1] El Shincal se encuentra a 6 kilómetros de la ciudad de Londres, a 9 de Belén que es la cabeza departamental y a 300 de San Fernando del Valle de Catamarca, Argentina.


POLÍTICOS DEL MUNDO…

“Entre dos males hay que negarse a aceptar el menor y proponer entonces un bien, pues desear el mal es de tontos y no ver el bien es de ciegos.” Noam Chomsky

Cuando cuestionamos a tal o cual político, cuando polemizamos con uno u otro ideario político, cuando decimos pertenecer a un partido político, no hacemos sino aceptar como "orden natural" un sistema que proclama la necesaria existencia de los políticos, las doctrinas y los partidos.
Ahora bien, si la política es la ciencia artesanal de guiar a una sociedad hacia el bienestar general, hacia un orden en el que todo individuo que lo desee pueda elevar su calidad humana, podría pensarse que cualquier ciudadano generoso y sensible, si posee la voluntad y energía suficientes, es apto para ingresar en el círculo político, articular esfuerzos y opiniones, alcanzar un cargo influyente y usar el poder para aplicar sus fórmulas de servicio a su comunidad. Pero el sistema político excluye y pervierte precisamente a esta clase de personas, es decir, a quienes tratan de no causar daño al semejante, a los que no emplearían medios ilegales ni inmorales (el distingo es justo porque lo legal suele ser inmoral y viceversa) para abrirse paso.
El resultado es un país como el Perú, administrado por un grupúsculo de trepadores, monomaniacos del poder, delincuentes de cuello blanco y profesionales envilecidos, indiferentes al sufrimiento de sus hermanos. Pero no seamos ilusos: en todos los países del mundo, sin excepción, se oficia este culto desaforado a las potencias materiales. La sensación de que el sistema político democrático es un fraude y de que el gobierno no representa realmente al pueblo existe incluso en EE.UU., donde, según el lingüista y activista contracultural Noam Chomsky, el 80% de la población suscribe esta opinión.
El político tradicional, si tiene pasta de "ideólogo" -y mucho mejor si en sus años mozos fue puro de intenciones-, comenzará por plasmar en el papel su particular diagnóstico socioeconómico y su receta para alcanzar la Gran Meta Altruista. Pero él sabe que, con el tiempo, irá desapasionándose, añadiendo reservas a su corazón y enmendaduras a un texto devenido en excusa lírica para conseguir poder. Al final sólo los ingenuos y los desesperados creerán en la doctrina original, o en los eslóganes (porque muy pocos leen). Y si alguno de estos es muerto por mantener su credo político, mucho mejor, porque la sangre santifica cualquier causa.
Una vez escrito su librito canónico, nuestro político, en compañía de dos o tres camaradas, diseñará su partido político, sus consignas, su jerarquía, su reglamento interno. Aglutinará a sus "bases populares" y escogerá a sus lugartenientes locales de entre los más fanáticos, aunque sean ambiciosos solapados, porque al principio jamás replicarán. Nótese desde ya la esencia dictatorial de nuestros partidos políticos "democráticos", tendencia colmada con el paulatino endiosamiento del líder.
Cuando el partido se haya robustecido lo suficiente tras algunas aventuras electorales y demostraciones de fuerza, el jefe "negociará" con esos mismos sectores sociales, industriales, sindicales o mafiosos a los que dice odiar cuando habla ante sus fieles, y transará el indispensable apoyo financiero para la campaña electoral definitiva -porque habrá que gastar millones en propaganda, viáticos y otros recursos menos confesables, como la contratación de matones y la destrucción de honras-, siempre a cambio de ciertas prebendas si obtiene la victoria. Con frecuencia ni siquiera tiene que adelantarse; son los oligarcas nacionales y extranjeros quienes lo escogen por sus cualidades personales y públicas.
Convertido nuestro político en presidente de la República, o en congresista, o alcalde, o regidor, elegirá a dedo a ministros y asesores y repartirá el botín estatal entre sus allegados y padrinos. En estos días la gula monetaria y la grotesca egolatría de los políticos es exhibida por los medios de comunicación con obscena prolijidad ("noticia", le dicen), pero semejante "transparencia periodística" sólo sirve para insensibilizarnos ante esta clase de violencia, por no mencionar los paradigmas negativos que genera en las mentes más larvarias.
Desde luego, esta danza con Mefisto tiene un precio: el político tendrá que vender su alma y su cuerpo si en verdad anhela el éxito. La del político es una vida monstruosamente extrovertida, una mascarada interminable: todas sus palabras, sus gestos, sus fuerzas y su saber estarán orientados únicamente a la obtención del mayor poder posible. Toda idea, valor moral, obra de arte, libro y conocimiento académico serán estimables para él según su utilidad en la ascensión al poder. Toda relación con otros seres humanos será prescindible si las circunstancias lo exigen, aunque se trate de la propia familia (decía Nietzsche que el político divide a la humanidad en dos grupos: los enemigos y los instrumentos). A toda hora, de día y de noche, en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, los votos luciferinos del político le exigirán hasta la última gota de su sangre para luchar por el poder, por su poder. Y, hay que decirlo, sólo perseveran en este camino quienes tienen una constitución especialmente resistente a la carencia de paz; diríase que son tipos escogidos desde el nacimiento para encarnar a ciertos demonios...
Mientras tanto, el pueblo de los países "tercermundistas" juega el papel de cadáver o caldo de cultivo donde proliferan las cepas de políticos, estadistas y demás organismos voraces; un caldo de cultivo que es preciso vigilar siempre para que no pierda sus propiedades nutritivas. Por eso las grandes mayorías de nuestra patria nunca deben librarse de la miseria real o inminente -y nos referimos tanto a la miseria económica como a la espiritual-, vastos sectores de población malvivirán eternamente en ciudades caóticas o en basurales, jamás habrán de gozar de atención médica pasable ni de pensiones decentes para jubilados, sudarán diez o doce horas al día para ganar unos cuantos centavos y no podrán escapar jamás de esa vida violenta y violada, truncada a golpes, sometida al hechizo embrutecedor de medios de comunicación cómplices. Los políticos medran gracias a esta hecatombe humana; todo lo que tienen que hacer es exacerbar las bajas pasiones de la muchedumbre, comprar votos con sacos de arroz o ropa barata (o con obras tardías publicadas como gran cosa y que sólo son la obligación de la autoridad), y asegurarse así la patente de corzo para los próximos años.
La condición del político deshonesto aquí expuesta es intemporal. Gente de esta ralea fueron todos los conquistadores, Mesías nacionales y caudillos militares o seudo-religiosos que no se detuvieron ante el clamor de cientos de miles de víctimas, por no hablar de millones, y que pese a su pompa oficial apenas eran energúmenos inteligentes. En su versión doméstica, son todos aquellos que con sólo firmar un papel condenan a la frustración y a una muerte lenta a muchísimas personas.
En cuanto al sistema que legitimiza al político, también hay algo que decir. Una opinión política no puede resumirse en unas pocas palabras, y mucho menos se reduce a una "X" sobre una cédula de votación. Una "X" era lo que ponían los indios norteamericanos en los contratos que legalizaban la expropiación de sus tierras. Esta falsa democracia, "abuso de la estadística" como la llamaba Borges, esta democracia que perenniza la esclavitud de las naciones desvalidas como el Perú y el aborregamiento del consumidor satisfecho en los países "primermundistas", es la excusa formal de la guerra sucia que libran unas cuantas cúpulas políticas tiránicas para amarrarse con las cúpulas financieras y militares. En el caso peruano, nosotros, los peatones, estamos obligados, bajo pena de multa y de pérdida de derechos ciudadanos, a dar nuestro visto bueno al festín de las hienas.
Pero, ¿no es todo esto una satanización de los políticos? ¡Claro que sí! Más que eso, es el reconocimiento de su antihumanidad puesta al servicio de un sistema que, en términos que emplearían Cristo y Wagner, ha renunciado al amor para ganar el dominio del mundo. La política es un indicador del grado de diabolización de una sociedad autófaga en la que oficinistas, obreros, amas de casa, militares, estudiantes y lumpen echan mano de trampas laborales, drogas, líos familiares, hipocresía, estupidez, balas, cuchillos, chismes, estafas, etcétera, para dañar al prójimo con tal de sentirse fuertes y seguros (Por cierto, conceptos como el diablo y el amor son símbolos ilustrativos para comprender racional y emocionalmente el fenómeno humano, que supera, aunque no nos guste, el examen aséptico y "objetivo").
La batalla política, pues, sólo favorece a los inmorales y a los megalómanos y se ha convertido en un fin de por sí, cuya máxima bendición es el poder. Pero si, como dijo algún griego, animales políticos son todos los ciudadanos con criterio suficiente, quizá la función de los políticos de carrera sea la de enseñarnos a hacer política sin partidos ni Estado tal como ahora se los entiende, porque la política actual en todo el mundo es la antítesis de los valores humanos. Cumplida su misión, estos señores podrían dedicarse a otra cosa o extinguirse en paz. Vale decir, los genuinos políticos, aquellos que saben que existe una oposición real y fecunda entre el poder y el amor, tendrían el deber de abogar por una elevación de la conciencia humana que conduzca a la desaparición de los políticos y de sus poderosísimos aliados.
En nombre de los millones condenados a vivir como muertos, en nombre de los millones que seguirán muriendo o degenerando si nada se hace, es tiempo de enarbolar esta bandera. Pero que no sea una de tantas banderas -todas han sido mancilladas por los políticos-, tampoco la elección del mal menor ni el sometimiento a un sistema podrido que recomienda más pudrición para sanar, sino un alarido espléndido y sincero, la voz incontable de la Regeneración del mundo.




-Este artículo fue escrito por PEDRO DIEZ CANSECO MUÑOZ (-Trujillo, 1970-. Estudió Antropología en la Universidad Nacional de Trujillo –UNT-. Es Licenciado en Medios Audiovisuales –UPN-. Ha recibido diversas distinciones y premios en concursos literarios.); antes que se pierda en la ruma de revistas de mi habitación, lo posteo por exigencia de un problemático atisbo crítico.