14 junio 2006







Qhapaq Ñan: las rutas del gran imperio




El camino de la sierra es cosa de ver, porque en verdad, en tierra tan fragosa, en la cristiandad no se han visto tan hermosos caminos, toda la mayor parte de la calzada. Todos los arroyos tienen puentes de piedra o de madera. En un río grande, que era muy caudaloso y muy grande, que pasamos dos veces, hallamos puentes de red, que es cosa maravillosa de ver. Pasamos por ellas los caballos…. En todos estos pueblos nos hicieron muy grandes fiestas e bailes”. -Párrafo extraído de una carta de Hernando Pizarro. –




En “Vistas de la Naturaleza”, una de las obras referenciales del naturalista Alexander Von Humboldt, el autor expresa su pasmo por la imponente red vial que nuestros antepasados construyeron durante cientos de años y que fuera durante el Imperio de los Incas un complejo sistema administrativo, de transportes y comunicaciones, así como un medio para delimitar las cuatro divisiones básicas del Tahuantinsuyo; “Ninguno de los caminos romanos que yo he visto en Italia, en Francia, ni en España, me parecieron mas impresionantes que esta obra de los peruanos antiguos; y el Camino Inca es aún mas extraordinario, porque, según mis cálculos barométricos, esta situado a una altitud de 4040 metros sobre el nivel del mar”, escribe.


Pedro de Cieza de León, el joven soldado-cronista que hacia el año 1550 con sus compañeros de armas transitara las rutas del vasto señorío que sus predecesores acababan de conquistar, extasiado, plasma en una de sus crónicas lo siguiente: “Una de las cosas de que yo mas me admiré contemplando y notando las cosas de este reino, fue pensar cómo y de qué manera se pudieron hacer caminos tan grandes y soberbios como por él vemos, y qué fuerzas de hombres bastaron a lo poder hacer, y con que herramientas e instrumentos pudieron allanar los montes y quebrantar las peñas, para hacerlos tan anchos y buenos, como están”… Y eso que el “príncipe de los cronistas” no lo vio todo ni en su mayor esplendor, porque para cuando el recorre esas magnificas vías, se encontraban postergadas y en franco deterioro, a raíz de la falta de mantenimiento y la desidia por parte de los conquistadores.


Se estima que en el tiempo de los Incas existía una vasta red caminera que se extendía a lo largo de 40.000 Km. de los cuales 23.000 Km. han sido ya registrados por sensatas indagaciones y exploraciones de arqueólogos e historiadores. Desde el Huacaypata -la Plaza Central del Q’osqo- salían cuatro caminos principales hacia los cuatro suyos del reino: Chinchaysuyo (Norte), Collasuyo (Sur), Antisuyo (Oeste), y se desplegaba a lo largo del Contisuyo enlazándose con los extensísimos caminos de la Costa y de la Sierra, las arterias cardinales del tejido caminero incásico. Huelga decir que el Qhapaq Ñan a manera de dos columnas vertebrales se extendía a lo largo del imperio articulándose con otros trayectos que a manera de vértebras lo cortaban en un sinnúmero de lugares: el Qhapaq Ñan andino unía Mendoza (Argentina) con Pasto (Colombia) en un trayecto de más 6.000 km.; mientras que la senda del Qhapaq Ñan costeño unía Tumbes con Concepción -el centro del actual Chile-. Esta monumental obra de ingeniería admirada por los españoles fue cimentada en su mayor parte durante el siglo XV, valiéndose de las redes construidas por culturas anteriores o paralelas, cuando el Tahuantinsuyo estuvo administrado por líderes que expandieron el territorio de manera vertiginosa. El iniciador de la tarea fue uno de los máximos precursores de la cultura andino peruana, el gigantesco Pachacutec (1400-1448). La continúo su hijo, el guerrero sagaz, gran navegante y descubridor de Oceanía, Tupac Inca Yupanqui (1448-1482) y, claro, no podría estar ajeno a este convite su nieto, el consolidador del Imperio, Huayna Cápac (1482-1529).


Los incas construyeron el Qhapaq Ñan o Inca ñan (Gran Camino o Camino Inca) para, a falta de animales de tiro y de carruajes, facilitar las complicaciones del viajante de a pie. Además, proporcionaba también a sus gobernantes un rápido flujo de información a través de sus chasquis –eficientes funcionarios del Sapa Inca, que eran portadores de quipus, de informes orales, de objetos de distinta índole, y encomiendas. En sus “Comentarios Reales”, Garcilaso Inca de la Vega cuenta que al Emperador Inca, establecido en el Q’osqo, le llegaba pescado fresco desde la costa, después de que los Chasquis cubrieran una distancia aproximada de 600 km. en condiciones adversas tales como la altura para trasponer la Cordillera de los Andes. En la costa sur del Perú, en la Quebrada de la Huaca aun se puede observar la ruta por el cual los chasquis transportaban pescado fresco desde el mar hasta la capital del Imperio.- En épocas de litigio con otros reinos, el Qhapaq Ñan servia como una espaciosa arteria para movilizar rápidamente grandes contingentes de tropas, vituallas y pertrechos de guerra desde distintos puntos del imperio establecidos en un sinnúmero de guarniciones.


Refieren las crónicas que los ingenieros y sabios imperiales, de acuerdo con la topografía y la importancia política o religiosa de los lugares por los cuales franqueaba el camino, tendían a cimentar las vías con técnicas adecuadas al medio geográfico y a las exigencias sociales, el Sapa Inca ordenaba y planificaba las diligencias necesarias para tal efecto, y sus miles de hombres trabajaban con la intención de que el camino perdurase. En los desiertos de la costa por ejemplo, las sendas estaban marcadas con hileras de piedras apostadas a corta distancia o por un cúmulo de guijarros y lascas de rocas a lo largo del itinerario con la finalidad de señalar la ruta. En los valles se construían luengos muros de tapial flanqueando la vía, con el propósito de proteger las chacras de las inmediaciones del camino.


Las rutas andinas demandaron en cambio una ingeniosa técnica constructiva para vencer las anfractuosidades geodésicas de la cordillera. Generalmente las rutas eran empedradas con canto rodado y tenían conductos en los flancos para escurrir el agua de la lluvia; se los adoquinaba con piedras para en cierta forma evitar que los aguaceros o la nieve los deteriorase, específicamente en los sectores altos del territorio (hay tramos que bordean los 5.000 m de altura). Cuando el camino era muy empinado se construían escalones zigzagueantes para vencer la pendiente; cuando había que vencer trechos de áreas anegadizas erigían caminos elevados, a uno o dos metros de la superficie. Cuando había que imponerse sobre tortuosas quebradas o los cruces de los ríos, los ejecutores salvaban estas eventualidades mediante la construcción de puentes colgantes - hechos con gruesos cabos de ichu (paja brava) o fibra de cabuya (agave americano)- o con troncos apoyados en rocas naturales o en sillares de albañilería, con tarabitas, o con la construcción de puentes de piedra. A lo largo del camino edificaban los denominados Tambos Reales, una suerte de alcázares con depósitos para alimentos llamados colcas, que además contaban con espacios de reunión y habitaciones para el personal permanente de servicio. A la par existían los chasqui-wasis, puntos de paso tipo postas, que eran usados por los caminantes y los chasquis, y una suerte de sitio de abastecimiento y descanso para los viajeros.


El Qhapac Ñan fue una especie de red que envolvía a todo el Imperio y sin dudarlo un símbolo del poder omnipresente del Estado. Era una enorme red troncal de vital importancia que los incas lograron convertir en un singular aparato estatal de comunicación, que además era construido y mantenido con el aporte local ordenado por los gobernados o el cacique. Tales caminos, dotados de drenajes, puentes, paredones de contención y defensa, terraplenes y escalones, llegaban a tener, en ciertos lugares del Qhapaq Ñan de la sierra, hasta 16 m de ancho. En lo atinente a la anchura de las vías este no era uniforme sino mas bien variable: en la Costa, usualmente de 3 a 4 m, y en la Sierra, generalmente de de 4 a 6 m. Cabe señalar que el empedrado de la vía serrana en los sectores occidentales de los Andes no es continuo, por no ser necesario, algo que en cambio sí ocurría en sus laderas orientales, cuya alta pluviosidad destruía fácilmente un camino no empedrado. Algunos pasos tenían doble calzada: una adobada y ancha, y otra afirmada y angosta; por una pasaba el Inca y su corte, y por la otra las provisiones y los ayudantes.


En consecuencia el sistema vial conocido como Qhapaq Ñan es tal vez la evidencia física más tangible de la consistencia y magnitud del Imperio Incaico y sin duda uno de los extraordinarios logros de la América precolombina; una red de caminos que se materializó sobre uno de los terrenos mas abruptos, difíciles e insólitos del mundo, lo que significo aguzar el ingenio, la destreza y la voluntad de sus constructores, permitiendo la integración de pueblos tan heterogéneos y de distintos estadios socio-culturales como lo fueron los yungas, huancas, chancas, yarowilcas, cuismancos, ishmas, chachapoyas, moches, aymaras, qollas, lupacas, collaguas, pukinas, tumpis, cayambes, chinchas, chiriguanas (guaraníes), chiribayas, cañaris, churajones y antis, -por solo citar algunos- a través del intercambio de diversos productos, la transmisión de nuevos valores culturales, el acceso a los diferentes santuarios incaicos y el desarrollo de prácticas comunes.


En su apogeo, el Imperio de los Hijos del Sol se extendía desde el nudo de Pasto hasta el sur de Talca; abarcaba pues, lo que hoy es el sur de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, el norte de Argentina y mas de la mitad de Chile. Fue a todas luces el mayor de los imperios que los españoles hallaron en América y en el cual vivían, de manera orgánica bajo la dirección de los cusqueños y su runa simi, mas de 15 millones de personas. Sus monumentales caminos llegaron a cubrir cinco de los más de siete mil kilómetros de largo que tiene la Cordillera de los Andes, uniendo su Señorío con una vasta red de caminos más extensa que la que tuvo el Imperio Romano.


En esta región de lo que fuera el Collasuyo podemos hallar restos mas o menos conservados de sus caminos en Salta, Jujuy, La Rioja, Tucumán, el norte de Córdoba (en la época del virreinato español se lo conoció como Camino Real) y en buena parte de los territorios montañosos de Mendoza. En el Perú, segmentos muy bien conservados de esos caminos se pueden apreciar aún en diversos sitios del territorio peruano; uno de ellos lo podemos encontrar a la altura del km. 88 de la vía férrea Cusco-Quillabamba, en donde se ubica el Qorihuairachina, el punto de inicio de uno de los recorridos de “trekking” más conocidos e imponentes del mundo.